Lo llamábamos
diminutamente, Leo, era auxiliar de enfermería, había nacido en los
Valles de la Quebrada Jujeña, con la impronta, de los mitos, de los
pueblos del Norte Argentino.
Los
recuerdos de la escuela, con los juegos de la infancia, en los valles
quebradeños, guardaban en él, todo el sabor de una época feliz.
En los recónditos valles de la Quebrada Jujeña, la unión estrecha,
con la naturaleza, arraigan con fuerza, las creencias del mismo, en
divinidades y el ser humano es considerado, un viajero, transitorio
en ella. Este destino, fatalista, tiñe la mayoría de los actos y
decisiones del hombre Norteño.
En
la mocedad, Leo, se había dedicado
al trueque de animales, entre el
semiárido valle de la Quebrada de
Jujuy y la selva húmeda y neblinosa
de las montañas de las “Yungas”.
El trabajo consistía en el traslado
de “caballares” por caminos
de herradura a cambio de bueyes de
tiro, pero sumaba, otra actividad
disimulada e ilegal: El contrabando
de hojas
de coca con venta al menudeo.
La verde hoja, apetecida por los pobladores,
cuyo hábito milenario es utilizado
en mitigar el hambre y soportar el
duro trabajo. En ella, había incursionado
durante un tiempo, luego temeroso
de ser atrapado por la Ley, abandonaba
ese arte “non santo,” dedicándose
finalmente a la enfermería.
Un
día cualquiera, habían comenzado los sufrimientos de Leo. Una sensación
de vacío en el "cerebro", pesadez en las piernas
que lo obligaba a recorrer torpemente el trayecto al trabajo. Madrugaba
anticipadamente, a los fines de salvar las dificultades con el cumplimiento
del horario, pero había ocasiones, que llegaba, sudoroso, arrastrándose,
como si hubiera acometido una odisea.
En
el habitante del Norte, es natural, que cualquier malestar, al inicio,
se señale como causa, a una supuesta indigestión alimentaria y recurren
abusivos, al uso de los purgantes. Pero el pensamiento sobrenatural,
está siempre presente, dominando cada escena de la vida y borra la
tenue frontera entre la razón y lo mágico. Leo, con el correr de los
días se sentía más enfermo. Con certeza, podría vaticinarse, cual
serian el próximo paso que realizaría, mientras se agitaba intranquilo
en su lecho y revelaba, lento, las verdaderas intenciones: emprender
un viaje para visitar al medico “particular” de los valles.
–Quizás
estoy mal del espíritu– dijo Leo –Tendré que ir al curandero–
agregó, con voz grave y algo resignada.
Leo
necesitaba del mismo, tanto como la existencia de los “crédulos”.
El
hechicero de los valles, vivía a varias horas de marcha, recorrido
que se cubría de a pie, respaldados por mulas de carga.
Cuando
Leo, había arribado, fue recibido efusivo, por el propio vidente;
De estatura mediana, de edad indescifrable, mostraba una amplia canicie
que le daba un aire solemne. Sin preámbulos, lo había invitado a ubicarse
en el suelo sobre improvisados cueros de ovejas que hacia las veces
de asientos. Después, en una demostración de poder y con el afán quizás
de causar impresión, se había mostrado profético, anticipándole al
atónito Leo, los motivos del viaje.
Cuando
la gente, penetra en el terreno de lo mágico, es natural, que anticipadamente
los que precisan los servicios del “sacerdote de lo oculto”, tengan
que aprovisionarse de los elementos que utilizará el mismo, en el
conjuro. Son infaltables, el alcohol, la hoja de coca, “la piedra
de alumbre”, “los sietes misterios”, “la piedra rayo”,
“la rucia” y “la piedra imán”, donde cada uno de ellos,
está asociado, con un rito particular que sólo el “augur”,
conoce.
Serian
aproximadamente, las siete de la tarde, mientras entablaban una animada
charla; El curandero ingería codiciosos tragos, en un jarro de hojalata,
una mezcla de alcohol en una infusión de yerba mate, tornándose
al poco tiempo, locuaz y pasar intempestivo a un estado de ira,
enfrentándose con seres imaginarios en una pelea, en cuyo trance,
había desenvainado un puñal y tiraba ampulosas estocadas a diestra
y siniestra. En el ínterin, el rostro, del azorado Leo fue refilado
peligrosamente por la hoja.
La
noche, había arrojado las primeras sombras, la esposa del curandero, servicial,
le había invitado con un plato de sopa caliente, tal vez, en un intento
de disimular con lo hogareño, el insólito episodio. Permaneció el
“oráculo”dormido, un buen tiempo, cerca de la medianoche,
había ordenado traer los elementos que se utilizarían y agregó precavido,
un lazo trenzado con un propósito secreto. En plena oscuridad, alumbrado
sólo por la tímida luz de la luna Leo y el curandero, emprendieron
el camino, hacia un paraje cercano.
En
determinado lugar, el curandero, armado de un largo cuchillo con mango
de plata, lo clavaba, reiterada veces en el áspero suelo, explorando
las profundidades del terreno. Transcurrido un largo tiempo, mientras se
desplazaban en círculos, entre las rocas y cardales, repetía porfiado,
las maniobras en cada espacio libre, de la superficie. Súbitamente,
la hoja del cuchillo, sin esfuerzo alguno, se había hundido hasta
el fondo, durante un instante, habían quedado paralizados, mientras
observaban el brillante mango, que sobresalía, apenas del ras del
terreno, atraído por un vacío extraño.
El
curandero, había introducido luego una vara y comprobó con precisión
el lugar. A igual que el cuchillo, la vara, se sumergía flojamente
en las profundidades. – Aquí está– dijo roncamente, irguiéndose
rápidamente como si hubiese recobrado una fuerza inesperada.
Al
mismo tiempo, lanzaba unos gritos estentóreos, que retumbaban en redoblados
ecos, en las soledades.
- Juan
del monte, ¿Donde estas?- Solo el silencio sepulcral, era la
respuesta.
Los
llamados se repetían tediosos, ” impaciente, "El
iluso" empezaba a dudar de la decisión del viaje y de
la sapiencia del curandero.
De
improviso, nítido, se oyó una voz responder – Aquí estoy–
Los
cabellos de Leo se habían erizado, ante la certeza, que no existía
alma alguna, en kilómetros a la redonda que pudiese haber respondido.
De inmediato “el pagano”, imponía la calma y con voz
firme le ordenaba a Leo, recoger toda la leña, que pudiese.
–Encenderemos
una fogata y después de una distancia, sucesivamente haremos otra,
según la leña que dispongamos, para señalarnos el camino de regreso.
La última, será el punto, desde el cuál, correremos sin mirar atrás,
suceda lo que suceda. En la primera fogata, realizaré “la cura”
que necesitas, porque la enfermedad que padeces, es
a consecuencia de un gran susto, con la pérdida del alma. Permanecerás
cerca, asegurado con el lazo trenzado atado a la cintura y ese será el
principal resguardo, que impedirá que el mal regrese – concluyó sombrío
el curandero.
En
el comienzo de la ceremonia,
había encendido la primera fogata
y a continuación cavado un hoyo
en el suelo, ofreciéndole de
“comer” a la madre tierra,
"La
Pachamama”, arrojándole las mejores hojas
de coca, un cigarrillo consumido
“a medias” mientras
regaba el fondo del mismo con
alcohol, en cruz, cubriéndolo
todo con la tierra e invocaciones,
en un dialecto ininteligible.
Con
los destellos agónicos de la última fogata, salieron disparados, como "almas
que las persigue el diablo", hacia los confines, de la última
luz, rumbo al rancho.
Corrían,
a campo traviesa, mientras Leo, a la rastra, como un monigote, era
remolcado; Tropezaba con todos los obstáculos imaginables del
camino: piedras, ramas, espinas y el temor constante a rodar
por un barranco. Por detrás, crecía un rumor sordo, amenazante, como
el "trepidar" de un tren que se acercase a toda marcha.
El curandero, a grito vivo, imploraba que no mirara atrás, por ningún
motivo.
Después
de la alocada carrera, y casi de dar de frente, con el ahora, más
que nunca, "acogedor" rancho, se encerraron precipitadamente,
y trabaron la puerta por dentro, con un grueso madero, al mismo tiempo
que cesaba por completo, el ruido ensordecedor, haciéndose un silencio "expectante".
El
cansancio y el sueño los fue invadiendo de a poco. Al amanecer, todo permanecía
inalterable, como si la endemoniada noche no hubiese existido, sin
embargo, los cuerpos guardaban todavía, los "recuerdos" de
la misma. La mujer del curandero, silenciosa, maquinal, había
servido un suculento desayuno de mate y bollos. El curandero, miraba
a lo lejos y parecía que hablara consigo mismo:
– Ya
se retiró, el mal, ahora estarás bien, tu alma perdida, ya volvió al
cuerpo–. Efectivamente, a partir de ese momento, Leo había comenzado
a sentirse mejor.