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El
carretón, de grandes ruedas con varas de madera, rechinaba a cada
vuelta en el áspero terreno sembrado de piedras y malezas del Noroeste
Argentino. De pie, en el pescante, Víctor oteaba a la distancia, impaciente,
regresaba a vigilar en el monte salvaje, los hornos provisorios de
la quema de carbón, construidos tras el arduo desmonte. Habían
partido del humilde rancho al amanecer, acompañado del menor de los hijos,
de sólo siete años; Recorrían, celosamente, los candentes montículos
de tierra de cuyos productos, dependía, el sustento familiar.
Pasado
el mediodía, urgidos por la distancia, adelantaban el regreso; Arribarían,
con suerte al hogar, caída la "oración" . El carro, rechinaba,
enfrentándose a las enormes piedras del camino, inclinándose hacia
un lado mientras se elevaba el opuesto, descendiendo violentamente,
mientras el niño, aferrándose a las barandas, evitaba ser despedido.
La marcha era zigzagueante, eludía las temibles uñas de gato, enredaderas
del monte que de trecho en trecho colgaban sobre el sendero, temidas
por los viajeros, porque a su paso y al menor descuido, arrancaban
jirones de piel .
De
pronto, el caballo se había sofrenado, relinchaba y pateaba
el suelo en el mismo lugar, negándose a avanzar, a pesar de los latigazos
que le propinaba, al tiempo que se erizaban las crines del pescuezo
y la boca del freno se llenaba de espuma; Emprendía, luego una
carrera desenfrenada, mientras intentaba, Víctor, infructuosamente,
sujetarlo.

El
pesado carro golpeaba las ruedas estrepitosamente, a cada tumbo,
amenazaba a los ocupantes despedirlos al costado del camino. De pronto,
estupefactos, descubrían una pequeña figura humana encaramado
a los rayos de la misma; afanoso cambiaba alternadamente, los brazos
en los maderos, porfiado en frenarlo; De brazos robustos, velludos
y un sombrero de alas anchas que le cubría el rostro. Víctor, espantado,
sostenía con una mano las riendas y con la otra daba furibundos latigazos
sobre el costado de la rueda, con el afán de desprender la espectral
criatura, que atenazada en la rueda, permanecía impasible sin mella
alguna.
En
la vertiginosa marcha, los enseres se desprendían uno a uno y aterrizaban
rebotando sobre el camino; Súbitamente al cruzar un arroyo cristalino,
milagrosamente las ruedas, levantaban una corona de gotas de agua
que hacían desaparecer a la endemoniada visión. Víctor de a poco,
conseguía dominar el desbande del animal; El niño, aterrorizado, permanecía
con las manos engarrotadas sobre la baranda.
En
plena penumbras, con el caballo bañado en sudor y restos de espumas en
el freno arribaban al refugio del rancho. Transponía Víctor la entrada
y sin decir una palabra, tomaba el crucifijo familiar y lo apretaba
firmemente sobre su pecho.
Héctor
Miguel Jaramillo

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