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EL DUENDEEl Ahijado 
el ahijado

Jorge, había contraído recientemente matrimonio y obtenido un empleo en un pueblo del Norte Argentino, se había propuesto adoptar los mismos hábitos y costumbres ancestrales del lugar. Cumplía con las obligaciones del trabajo, asistía puntual a misa los domingos y desarrollaba una variada y activa participación en la comunidad local. Los acontecimientos que sucederían luego, echarían por tierra tales conquistas.

Un domingo soleado, cuando salían de misa con su esposa, habían sido abordados en el atrio por una humilde pareja nativa. La joven, casi al borde del llanto, rogaba a viva voz y a la vista de los presentes, que aceptaran ser padrinos de bautismo de un hijo de pocos meses, que por diversas circunstancias, no había recibido el mismo. El bisoño morador, sorprendido por el intempestivo pedido, consultaba indeciso con la mirada a la joven esposa, quien compadecida, lo consentía.

cura de jujuy

La ceremonia precedida por el cura párroco local, se había realizado según el culto católico, sin inconveniente. Finalizada la misma, los padrinos, recibían asombrados demasiados cumplidos y saludos aún de los circunstanciales mirones, sin sospechar la trascendencia que les acarrearía luego, el compromiso.

El ritmo en los pueblos, sucedía repetido, como el pasaje cotidiano de las páginas de un misal, donde cada domingo , se recorren siempre las habituales hojas, pero en aquella oportunidad, los acontecimientos demostrarían lo contrario.

En plena siesta pueblerina, habían sido despertados bruscamente por insistentes llamados en la puerta. Se encontraban de pronto, con la ya casi desconocida madre del ahijado, sumida en un llanto desconsolado, entrecortado por sollozos, narraba que al tratar amamantarlo, lo había encontrado helado y sin respiración.

Sucedía, entonces, una dramática situación, entre el llanto de la madre y los trámites urgentes que demandaría el suceso. El episodio, causaría un golpe anímico en los circunstanciales padrinos, acrecentada por la ansiedad de la llegada cercana del primer hijo de la pareja. Pasada la conmoción, habían averiguado entre la gente del lugar, las obligaciones que les correspondían por ser los padrinos de bautismo y de a poco pasaban de la incredulidad, al asombro cuando se enteraban de las tradiciones establecidas con el sepelio del ahijado.

Los padrinos, corrían con los gastos de bebidas y comidas de todos los acompañantes, además debían reservar de manera especial un cajón de bebidas alcohólicas destinado a consumirse, en el trayecto al camposanto.

Habían sido llamados a temprana hora, juntos con los padres, encabezarían la ceremonia fúnebre. Los humildes pobladores se habían congregado en el patio de la casa, afanados, habían construido con rudimentarias herramientas, el pequeño ataúd con las tablillas de los envases usados de embalajes. En otro lugar, de la sencilla vivienda, las mujeres concentradas, en una pequeña mesa, trazaban firme y precisas curvas en la cartulina blanca, de las cuales nacían las alitas, que el angelito llevaría en su viaje al cielo además cortaban una humilde tela y cosido a mano, una rudimentaria túnica blanca que lo vestiría.

angel de jujuy

Hacia la diez de la mañana, el angelito, había sido colocado en el pequeño ataúd , encima de una mesa, cubierta con un mantel en cuya cabecera se había depositado un ramillete de flores silvestres azules, sumergida en un tazón con agua que sería utilizado como “agua bendita”, en cada entrada de los deudos, la misma sería rociada, en cruz, sobre el féretro abierto.

Hacia el mediodía, en una improvisada mesa, se hallaba servido un lechón entero, horneado la noche anterior. Impresionaba, la visión del mismo, los grandes ojos fijos, calcinados en las cuencas y la boca entreabierta donde afloraban gruesos colmillos. Esperaban, los asistentes, que los padrinos, iniciaran la comida, en el festejo del “ahijado”, que viajaba al cielo, reflejándose en los comensales, la urgencia por iniciar el “banquete lugareño”. El primer bocado, había sido disimulado de distinta manera, por el matrimonio. El “padrino” realizaba un esfuerzo, masticándolos reiteradas veces, evitaba, deglutir el bocado, mientras las miradas estaban clavadas en él, como corolario, había sido invitado con vino, servido en un vaso colectivo. La madrina, entre arcadas contenidas, había escapado del inusual festejo, al aducir un malestar del embarazo.

La procesión fúnebre partía después del mediodía, cuando el calor era insoportable, en el trayecto, las botellas de vino se consumían una tras otra, en brevísimas paradas, simplemente se hundía el corcho y se bebía compartidamente, del mismo pico de las botellas entre los deudos varones, hasta terminar el contenido.

cementerio de jujuy

En el cementerio, la tumba se encontraba abierta, después de depositarlo, los padres iniciaban la ceremonia, arrojaban flores silvestres y puñados de tierra, imitado luego por los padrinos como así el resto de los deudos. Los sepultureros comenzaban a tapar la tumba con aceleradas paladas de tierra, pero algo imprevisto había sucedido, con gestos afligidos, miraban que la tierra excavada “a golpe de vista” no alcanzaría a cubrir la misma y ello anunciaba una desgracia:

–Antes de cumplirse el año, el “angelito”, se llevaría a alguno de los presentes–.

Los enterradores, conocedores de la creencia, raspaban esforzados, el áspero suelo, atento, en que no se cumpliera el fatal anuncio, al final, con un suspiro de alivio generalizado, el mal augurio desaparecía, la tumba se encontraba cubierta. Cuentan que el joven matrimonio, después de la experiencia, abandonaban apresurados el pueblo y no se supo jamás de los malogrados moradores.

 



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