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TESTIGOS 

Los tachos, alineados aguardan agazapados, cual centinelas malolientes de la ciudad ; Los pobres y los perros disputan el fétido botín, despojos de la miseria.

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Desde la Villa, en el Alto, la pobreza desanda en patéticas calcomanías; Los desheredados, los pordioseros del asfalto, marchan a diario bajo la indiferencia de la gente, al ombligo de la urbe.

La columna audaz y bulliciosa, inadvertida, llega a la Plaza; Los mayores, señalan el rumbo suplicante de las palmas infantiles, el mercado, las confiterías y por último, la zona bancaria.

— Me da una monedita, para mi hermano que está enfermo — Dice, Natalia, la niña -madre, mientras alza el estandarte de la vergüenza: el rostro demacrado de un niño, con las huellas prematuras de una desigual lucha, por la sobrevivencia.

El flaco tesoro de las monedas y una manzana, no disminuye el entusiasmo de los "caras sucias”; Atraídos por las luces y explosiones de los juegos electrónicos se hunden en quiméricas batallas .

Pronto, el tributo de los menores, desaparece tragado por las voraces ranuras de las máquinas. Al final de la aventura matinal, termina, empapados , en la fuente principal de la Plaza, después de sostener una divertida "batalla" de agua.

Al atardecer retumba la algarabía, salpicados de tierra, descalzos, los arlequines de la ciudad, disputan un reñido partido de fútbol. Por un instante el bullicio se abotona, reemplazado por el silencio y un crujido de bolsitas de plásticos desplegadas que engullen gusanos amarillos de "pegamento". Extraña danza la que bailan, saltan sobre un pie mientras baten frenéticos el fondo de las misma al aspirar bocanadas asfixiantes. Embriagados, entrecierran los ojos, sueñan tal vez con una sola oportunidad de ser como todos los  niños que tienen un hogar: Una casa tibia y al regreso de la escuela, una  madre solícita con el plato de comida caliente.

 

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Pero la vanidad de los que mandan, acumulan proyectos de fantasía,  propuestas utópicas que orgullosos las exponen, a menudo, ante la prensa.


Los pordioseros del asfalto, acostumbrados a las puertas que se cierran, tiritan solitarios en los umbrales,  amoratadas las carnes por el cierzo, lágrimas silenciosas, redentoras se deslizan por las mejillas adormecidas por el frío.

Una recóndita calle, oculta en un recoveco de la gran ciudad, fue descubierta por la pandilla; Los pudientes, delatan el boato cuando arrojan la opulencia en los deshechos.

El crepúsculo, sorprende al más resuelto de lo chicos, sigiloso, revuelve los desperdicios. En el fondo, un frasco deslumbrante cautiva su atención, formas brillantes se agitan en él, hipnotizado, desenrosca  la tapa, una emanación penetrante inunda el ambiente.

Los recolectores, al día siguiente redoblaron más de lo habitual sus quejas por restos nauseabundos desparramados por los perros vagabundos.

Los diarios, en un recuadro apartado de la última página, informan de la desaparición de un chico de la calle, cuyo nombre, nadie recuerda hoy con certeza.



 

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