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Las
noches son bocanadas lascivas de vapor del Metro, al volcarse la marea
humana en las estaciones. Los pasajeros indiferentes, frotan apresurados,
los élitros de las ropas en abigarrado sonidos, desvaneciéndose en
ecos redoblados, por el gran órgano de los pasillos.
La vigilia, es una dama que cada noche, adopta mil maneras: la madre
que vigila, el sueño febril del hijo enfermo, mientras el tic tac
indiferente del reloj, acecha al segundero y planea un encuentro
fortuito, entre las casquivanas agujas en un cuadrante discreto.
La
ansiedad es un in crescendo, a cada puerta que se abre, un rostro
hermético, un navío blanco que cruza silenciosos los pasillos; Los
ojos pugnan por el capitán. Nadie al mando, de la nave espectral
que desaparece indiferente a la náufragos de la angustia. El mar embravecidos
de las emociones se agitan en olas que golpean con mayor fuerzas las
sienes y los latidos retumban con estrépito, anuncian quizás, el derrumbe.
Las conversaciones, o el impertinente estornudo de un vecino son tenues
telarañas que la mente teje y viajan en la trivial palabra repetida
y la frágil memoria termina acorralada en el callejón sin salida del
silencio de la frase trunca.

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